"Entusiasmo sublime" de Juan Estévez

    


En  el  mes  de  mayo  de  este  año  se  dio  a  conocer  el  premio  de  narrativa  otorgado  por  el  Ministerio  de  Educación  y Cultura. La obra ganadora fue Entusiasmo sublime de Juan Estévez editada por Estuario.

    Juan  Estévez  nació  en  1956  en  Mercedes  (Soriano).  Ha  publicado  tres  libros  en su localidad, dos relatos y una recopilación de reportajes, Entusiasmo sublime es su primera novela.

    La  obra,  dividida  en  siete  capítulos,  abarca  un  período  de  tiempo  que  va  de  1973 hasta 1976 con alteraciones en el tiempo y el espacio. Los primeros tres años de dictadura uruguaya que Gerardo Caetano y José Rilla (2017), en su Breve historia de la dictadura, identificaran como la etapa de la “dictadura comisarial” caracterizada por la carencia de un proyecto político propio del régimen, sumado a una intención manifiesta en la tarea de “poner la casa en orden” (11).

    En ese espacio y tiempo se moverá el protagonista, un joven solitario e inquieto de nombre Iván que, junto con un variopinto grupo de prostitutas, inmigrantes, guerrilleros y milicos intentarán sobrevivir en un mundo donde los más desfavorecidos son los más castigados.

    La historia, narrada de una manera sencilla pero con metáforas incisivas extraídas de  la  realidad,  inicia  con  el  cruce  de  Iván  a  la  ciudad  de  Entre  Ríos  (Argentina)  luego  de salir de la Escuela militar en busca de una nueva oportunidad de vida. Este primer capítulo acontecido en 1976 traza un puente y a la vez un círculo con el último que cierra la obra, denominado “25 de agosto de 1976 II”. En éste, Iván cuenta a su compañero de viaje, Julio, una historia que les relató uno de los tenientes para tantearlos. En ella se supone que el puente de Paysandú ha sido terminado y se encuentran a la mitad un perro argentino y un perro uruguayo. Sorprendido el perro argentino que el uruguayo quiera cruzar a Argentina le pregunta:

–¿Y entonces por qué quieres cruzar?

–Porque tengo unas terribles ganas de ladrar... -contesta el perro uruguayo... Casi nadie entendió el chiste y mirándome fijamente me pidió mi opinión: 

–Está bien.  Acá no se ladra –contesté.  Seguía mirando y el Cabo de Segunda   Saracho, por las suyas y sin permiso, intervino:

–Los perros no hablan y la gente no ladra, mi Teniente...

–¿Por qué cree usted que acá no se ladra...? –me insistió sin dejar de mirarme,   ignorando como siempre al Cabo Saracho.

–El perro ladra al enemigo, mi Teniente.  Y acá los enemigos están presos.  En   cambio en Argentina. (219)

    Lo que se oculta tras la fachada de milico de Iván –“milicos de mirada severa y palo en mano, palo en las piernas, palo en las cabezas”(15)– es una curiosidad irrefrenable “de imaginar, proyectar, mirar y comprender” (16) que se había despertado desde chico y que lo había llevado a que “Sin padre, sin abuelo, sin (casi) hermano, la imagen masculina que él necesitaba encontrar la halló en Bigotes, el escobero de la esquina que pasó de ser un «viejoloco» a un anarquista” (24). Es este joven, rebelde silencioso, el que partirá a  Argentina  con  pretensiones  de  gritar  libertad,  pero  que  quedará  atrapado  entre  los  recuerdos de infancia, la miseria y la pobreza de quienes buscan salir adelante.

    En un mundo de desorden, tiranías e injusticias, el ejército funcionará para el protagonista (y tantos otros) como casa y refugio contra el frío, el hambre y la soledad: “Se recostaría a un «personaje» que era como denominaba a los carismáticos y le sería funcional sin humillarse [...] Se acomodaría para desempeñarse como un intrascendente engranaje más” (89).

    Es en ese “acomodarse sin humillarse”, acercarse pero sin renunciar a ser quien es, que llevará a Iván a que cargue escondido en el bolsillo izquierdo de su uniforme de milico, un afiche del príncipe Kropotkin1 que lo une a su barrio, a sus amigos y la libertad pasada.

    El afiche funcionará como un tabú en términos freudianos, es decir, es a la vez un objeto sagrado que lo identifica con una ideología, en este caso con la anarquista, y a la vez, es lo prohibido por el sistema dictatorial, más aún si tenemos en cuenta que el protagonista forma parte del grupo represor. De todos modos, Iván no dudará en llevarlo consigo  porque  de  esta  transgresión  deriva  su  entusiasmo  vital,  aunque  ello  signifique también un miedo latente de ser descubierto. La particularidad de ese miedo es que no paraliza, sino que exalta una rebeldía silenciosa, un ladrido mudo que se va pronunciando hasta alcanzar el clímax cuando el afiche de Kropotkin se incendie en la boca del horno del cuartel general mientras un millar de presos... “incomunicados entre sí” (141) miren como puedan iluminados, “la barba del Príncipe ardiendo” (143).

    Como modo de cierre, se puede decir que el pequeño y frágil objeto actúa como el caballo de madera introducido tras las murallas de Troya, pasa todas las restricciones y se yergue victorioso aun incendiándose. Su victoria está en ser visto por quienes están prohibidos de libertad e infundir en ellos esperanza y entusiasmo, y al hacerlo crear el sentimiento  de  lo  sublime  que,  como  entendía  Kant  (1946),  tenía  la  particularidad  de  “conmover” (14).


Bibliografía 

Caetano, Gerardo,  y  José Rilla.  Breve historia de la dictadura.  Montevideo: Banda  Oriental, 2017. Impreso.

Freud, Sigmund.  “Tótem y tabú.”  1912-13.  Obras completas  Vol. XIII.  Trad. José Luis Etcheverry. Buenos Aires: Amorrortu, 1991: 1-164. Impreso.

Kant, Immanuel. Lo bello y lo sublime. Buenos Aires: Austral, 1946. Impreso.152

Fuente de la foto:  http://estuarioeditora.com/libros/entusiasmo-sublime/

(Crítica literaria publicada en la Revista Tenso Diagonal (ISSN: 2393-6754)  Nº 04  Diciembre 2017

Páginas: 150-1522

https://tensodiagonal.org/index.php/tensodiagonal/article/view/112/93

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